miércoles, 27 de mayo de 2009

Jesus Ferrero - LA EXPERIENCIA DEL DESEO

I. El deseo



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Podríamos ahora mismo formular el mito del universo
así:
En el origen el universo era tan denso que se reducía a
un punto sin dimensión. Toda su materia estaba condensada
de tal modo que no ocupaba espacio alguno, y era
como si hubiese desaparecido en el vacío.
Fue el momento más asombroso. El cosmos se esfumó,
y todo su contenido se enquistó en una esfera millones
y millones de veces inferior a la punta de un alfiler.
En ese enquistamiento extremo pudo haber permanecido
para siempre, con toda su sustancia concentrada. Pero
el universo tenía un dios interior que era a la vez su alma:
el Deseo, y gracias a él todo cambió.
Hasta ese momento, el Deseo había sido la fuerza de
conjunción que había permitido la concentración de la
materia hasta el límite de lo posible: hasta la no dimensión.
Pero de pronto, cuando ya la concentración era tan terrible
que amenazaba con hacer desaparecer el universo de
todo tiempo, toda dimensión y toda no dimensión, el Deseo
cambió de dirección y lo que hasta entonces había sido
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fuerza hacia dentro se convirtió en fuerza hacia fuera y se
produjo la gran explosión.
En el acto mismo de estallar, el Deseo copuló con el
fuego quintaesenciado que habitaba en su más profundo
centro y de su yunta surgieron dos hijos: Eros (Amor) y Misos
(Odio), que ya desde el instante de su nacimiento resultaron
muy beneficiosos, pues gracias a Eros y a su poder
de cohesión la materia en expansión volvía a juntarse aquí
y allá, haciendo posible la creación dentro de la dispersión
y permitiendo que nacieran miríadas y miríadas de estrellas,
y gracias a Misos y a su poder de disgregación y repulsión,
la materia no se cohesionaba más que lo suficiente para que
pudiese continuar el movimiento y la expansión.
El deseo es inherente a toda materia, pues toda materia
se atrae y se repele desde sus mismos adentros, a la vez
que atrae y repele a las otras materias. Y el ser, que sería la
materia viviente y consciente de su propia vida, está todo
él ocupado por el deseo, es concentración de deseo limitado
por la piel.
Del ser del universo pasemos a nuestro ser y situémonos
en el alumbramiento del ser prototípico: el humano.
Hagamos un ejercicio cartesiano y preguntémonos ahora
qué fuerzas y sensaciones, que no podamos poner en duda,
se apoderan inmediatamente del recién nacido ¿Qué puede
sentir todo nuevo viviente en el instante mismo de nacer?
Al principio sólo lo que le falta: la envoltura que antes
lo cubría, y es la sensación de intemperie la que enciende
la primera chispa de la conciencia de estar vivo y de la conciencia
de ser.
No puede haber otra sensación ni otro sentimiento
que el referido a la carencia de la materia envolvente que
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antes lo protegía y lo anulaba. La falta de un Todo que lo
convertía en Nada.
Una vez nacido, el viviente deja de ser el Todo y la
Nada para ser algo, algo con límites, que respira por sí mismo
y que siente la quemadura del aire en los pulmones y
en la piel.
Le falta Todo y lo desea Todo, y el Todo va a ser siempre
el único límite del deseo, eternamente ansioso por llenar
un vacío que no se puede llenar, por conquistar un
Todo que quedó atrás.
El viviente ha sido expelido de la morada materna y
arrojado a una hoguera. Son instantes inaugurales en los
que no le rodea su familia, que tardará en reconocer: le rodea
la negrura integral del universo, en medio de la cual es
pura carencia y pura dependencia de los demás.
Pero en medio de esa negrura integral el cuerpo del recién
nacido está sin embargo lleno de algo: está lleno de deseo,
de fuerzas de atracción y repulsión, que se manifestarán
por primera vez en la respiración, que es la oscilación
entre acoger el aire y expulsarlo, atraer-expeler, acoger-expulsar,
atraer-expeler... Eros y misos, el amor y el odio, el
afecto y el rechazo, ya están implícitos en el acto de respirar.
Y ese amor y ese odio tendrán desde el origen doble dirección,
pues a la vez que el recién nacido se ve obligado,
desde su misma respiración, a acoger y expeler lo otro, también
se ve obligado a acogerse y expelerse a sí mismo. A acogerse
porque la vida le exige defender lo que ya es, la respiración
que ya es, el cuerpo que ya es, rodeado y limitado
por la piel, y también a repelerse porque el recién llegado a
la vida tiene por fuerza que sentir rechazo hacia el infierno
que ya es y hacia el dolor que le provoca respirar y ser.
Cuatro movimientos, dos de atracción y dos de repulsión,
surgiendo del simple deseo de vivir, que estallan
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como una radiación en el instante mismo de nacer, y cuatro
experiencias fundamentales (apego a uno mismo y apego
al otro, rechazo a uno mismo y rechazo al otro) que nacen
a la par que el deseo, como en una explosión en
cadena, y que son algo así como el big bang del ser.
De esos cuatro movimientos fundacionales surgirán
todas las pasiones y todas las experiencias del deseo: las positivas
y las negativas, las que cohesionan y las disgregadoras,
y todas estarán relacionadas o con el apego a uno mismo
o con la repulsión a uno mismo, o con el apego al otro
o el rechazo al otro.
El deseo no abarca solamente el territorio del amor, no
es sólo apetecer de algo o de alguien. Es también desear
matar al otro, repelerlo, rechazarlo, querer que lo traguen
las fauces de la noche.
El deseo no es solamente anhelar a una mujer, a un
hombre, a los dioses, a Dios. Es también desearse a sí mismo
o desear la propia muerte. Es buscar la verdad y buscar
la mentira y combatir, es apaciguarse, es morirse de felicidad
o desdicha, es sentirse trasportado a mundos que no
existen y anhelar ser devorado por la ceniza sideral.
¿Qué pensar cuando para obtener disfrute se hace necesaria
la muerte del otro como ocurre en el sadismo extremo
y en la extrema psicopatía? ¿Entonces ya no es deseo?
¿Está obligado el deseo a ser siempre un movimiento
positivo? ¿No se puede desear desde la negatividad? Cuando
ocultamos las funciones negativas del deseo, ¿lo hacemos
porque nos asustan sus simas? ¿Y si esas simas fueran
más trasparentes de lo que creemos?
Pero ¿cómo llegar a esas trasparencias? Sólo despojando
los conceptos de las capas ideológicas que les ha ido
añadiendo la cultura, sólo desnudándolos y quitándoles el
ropaje de las grandes ideas que, como decía Frederick Bar-
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thelme, sólo son grandes debido a la inflación que el pensamiento
moral ha ejercido sobre ellas. Por eso vamos a emplear
los términos eros y misos casi con la misma frecuencia
que amor y odio, y es que nuestros conceptos «amor» y
«odio» están tan cubiertos de adherencias y prejuicios que
a veces resultan inservibles para la reflexión. Si despojamos
al amor y al odio (a la atracción y a la repulsión) de todas
esas capas aparecen de pronto los conceptos griegos eros y
misos: el amor y el odio sin aditivos posteriores que los deformen,
con toda su vibración carnal y su emoción inmediata,
con toda su amplitud y su profundidad. De ahí que
siempre que empleemos las palabras amor y odio quisiéramos
que el lector pensara en eros y misos: dos emanaciones
del deseo que surgen a la vez, que comparten el mismo espacio,
y que rara vez aparecen de forma químicamente
pura, como el resto de las pasiones. ¿O no resulta claro que
el odio forma una unidad dialéctica con el amor, y el rechazo
con la atracción, y el miedo a ser tocado con el deseo
de ser acariciado, y así hasta recorrer toda la geografía de las
experiencias del deseo?
Pero la «teoría» (en griego «visión») exige un orden y
una clasificación: separar los posibles elementos de un sistema
aun sabiendo que rara vez van a aparecer aislados
para la experiencia. El Zohar y El Tao lo dicen cuando nos
susurran que todo está entrelazado y que el bien y el mal
emanan de la misma sustancia. Una misma sustancia que
no sería otra que el deseo, madre de todas las pasiones,
pues todas hallarían en él su origen, y todas hallarían en él
su término.
Un deseo que además no se opondría, al menos no necesariamente,
a la realidad, al contrario de lo que creía Cernuda,
porque toda la realidad estaría llena del deseo inherente
a su materia, constituida por él, y por eso la realidad
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se hallaría siempre en movimiento y lo real (hasta cuando
es la representación fatal de la muerte) tendría todas las características
del deseo que lo gobierna y se atraería y se repelería
a sí mismo como le atrae y le repele lo que no es. Y
el hecho de que a menudo en nuestras vidas el deseo se deslice
más que por lo dicho por lo entredicho, como creía Lacan,
nos confirma que además de poseer plenamente el
lenguaje y los objetos que designa, el deseo posee sus nexos,
sus fronteras, y los ámbitos extensísimos que se despliegan
entre lo que se puede y no se puede decir.
Pero como desde el origen nuestro deseo lo desea
Todo y pretende abarcar dimensiones de una amplitud
inabarcable, nunca está satisfecho de lo que es. Y es que el
deseo «sería capaz de satisfacer todo deseo y de dejarlo
todo de nuevo insatisfecho», para posibilitar de nuevo el
retorno del deseo que sería capaz de satisfacer todo deseo
para dejarlo una vez más todo insatisfecho, y así hasta el
punto final.
Si yo fuera un antiguo poeta chino diría que el deseo
es como un jarrón que el chorro de agua nunca colma, parecido
al abismo y constitutivo de la materia del abismo.
Diría que afila toda espada y mella todo filo, enreda y desenreda
toda madeja, separa y fusiona todas las luces, disgrega
y junta todas las tinieblas. Diría que parece profundo
y permanente, hijo de nadie sabe quién, ancestro de los
dioses, generador de fronteras y destructor de límites. Diría
que a su fugacidad se une su permanencia, diría que es
dual hasta las últimas consecuencias y que ni sus plenitudes
ni sus vacíos se pueden llenar y abarcar. Diría que estaba
antes de que apareciese el hombre, en todas las criaturas,
y que estará después, despeñándose una y mil veces
para una y mil veces encontrarse con su dualidad sin fondo,
tan creadora como destructora. Diría que es la sustan-
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cia agitadora de todas las dimensiones de la vida y de la
muerte: desiderium, desiderium, desiderium... He ahí el único
mantra que se escucha en el universo y que es como la
vibración de fondo sobre la que se proyectan los ecos del
big bang.
Y, dentro de ese universo, ¿qué sería el ser? El ser humano,
se entiende, o lo que humanamente entendemos
por ser: nuestro ser. Sería un fragmento de vida y materia
habitado por el deseo y sus fuerzas fundamentales. También
se podría decir que el ser es el deseo individualizado y
limitado por su propia piel, porque el ser tiene piel, y cuando
deja de tenerla deja de estar limitado, deja de ser, regresa,
por la corrosión de sus propias fronteras, al deseo indiferenciado
de la materia.
Dicho de otra manera: somos seres desde el origen limitados
y desde el origen condenados a desear lo inalcanzable,
siguiendo desde el origen las dimensiones inalcanzables
del deseo, que desde el principio desea el Todo porque
le falta la Nada, que desde el principio desea la Nada porque
le falta el Todo.
ALL LOST, NOTHING LOST.
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